lunes, 8 de agosto de 2011

La crisis financiera de los Estados Unidos, escenario del conflicto global entre estatismo y propiedad privada

Por Dr. Darsi Ferrer

 

29 de julio de 2011

 

La Habana. La modernización acelerada que trae la Globalización, imprevisible en transformaciones de todo tipo, ha vuelto al mundo más pequeño, derivando a disfuncionales muchos aspectos del viejo modelo industrialista de la civilización que se iniciara hace casi trescientos años. Estados Unidos ocupa el puesto de economía motora del mundo, por lo que no es asombroso que en la actualidad sea el campo de batalla donde se estén enfrentando las fuerzas rectoras de las dos principales tendencias.

 

El presente conflicto de intereses entre demócratas y republicanos ante el dilema de elevar o no el techo de la deuda de su país parece resumir a escala nacional un fenómeno global: ¿existen dos maneras divergentes de llevar por buen camino los asuntos públicos? ¿Hay preponderancia del modelo estatista o de la libertad del mercado y la sociedad civil para conducir y resolver sus propios problemas?

 

Las crisis económicas de Irlanda, Grecia, Portugal, España e Italia, y otras que vendrán, pese a ciertas diferencias, presentan grandes similitudes en origen y hasta de intento de solución. Se puede resumir que todas, en el fondo, muestran el mismo perfil: el enfrentamiento entre los gobiernos benefactores (que de anteriores heredan un esquema de desarrollo, engrosado en su turno con propósitos electorales y basado en el crecimiento del aparato burocrático estatal y de los beneficios sociales que este administra y que como propietario gasta a manos llenas en tiempo de bonanza) y el acostumbrado clientelismo de sus electores, ahora frustrados en sus aspiraciones de recibir beneficios tradicionales, y empujados mediante necesarios recortes al espacio que deben retroceder para resolver sus propios problemas.

 

Es un asunto de difícil solución por el grave riesgo político que representa para cualquier gobierno que se le enfrente, ya sea con ánimos de solucionarlo o buscando paliativos para ganar tiempo y pasarle la pelota de la debacle a la siguiente administración. Lo cierto es que para las figuras políticas y partidos que lo emprendan en firme, muy probablemente significará su definitivo fin en las urnas. Reducir el Estado Benefactor y facilitar que buena parte de sus desprendidos atributos de propietario-distribuidor sean asumidos lenta y gradualmente por el ingenio y la iniciativa privada de la sociedad civil, resulta una transición de vastas y estremecedoras proporciones. Como primera grave consecuencia, miles de funcionarios y empleados del gobierno quedarían a disposición de un mercado laboral ya en crisis.

 

Además de la enorme  impopularidad que provocaría una medida de esa índole que, sin dudas, a muy corto plazo incrementaría la crisis nacional a límites inestablemente peligrosos.

 

Ante este problema, ¿qué hacer entonces?

 

Lamentablemente, la actual crisis mundial (fenómeno periódico y gradual de la economía de mercado que sirve para desembarazar de activos pasivos), es acrecentada y alargada por la permanencia, sostenimiento y hasta crecimiento del modelo estatista como vía de su solución. La gestión general de ese modelo benefactor se resume en un acumulado de malas decisiones y erradas presiones provocadas por grupos de intereses muy diversos, desde empresarios, sindicatos y partidos políticos hasta grandes masas de población en busca de soluciones a sus problemas mediante una redistribución de la riqueza que los favorezca.

 

En principio, este cúmulo de cambios basados en una redistribución de la riqueza nacional sería mucho más equilibrado y equitativo si fuera resuelto a través de la sociedad civil (que en definitiva es quién lo produce, utilizando como instrumento las iniciativas de la economía de mercado), y no a través de un Estado propietario-distribuidor. Precisamente es esa gestión como propietario la que desvirtúa las funciones que originaron el Estado, que son las de redistribuidor y árbitro.

 

Este escenario está cada vez en mayor contradicción con las nuevas fronteras de civilización que trae la Globalización. Cambian más aceleradamente todas las reglas y parámetros que parecían funcionar hasta los tiempos modernos (y que facilitó el papel preponderante del Estado como propietario-benefactor de la riqueza nacional, a veces adquiriendo proporciones monstruosas: la URSS, Alemania hitleriana, la China maoísta, Cuba, Corea del Norte, etc.). Pero ese tiempo ya agoniza, facilitando el paso a la Era de la Información, con aun poco conocidas condicionantes y dinámicas por desarrollar.

 

Éstas nuevas fronteras del desarrollo no son mayoritariamente negativas, sino todo lo contrario. La Internet, los modernos medios de comunicación personal en constante cambio y el cada vez más acelerado flujo de la información; la capacidad de aminorar con efectividad la trasmisión de los efectos de las crisis periódicas del mercado; el aumento de los avances científicos y del nivel de vida en regiones densamente pobladas y con un tradicional bajo perfil de supervivencia (China, India, el Continente Africano), son todos resultados positivos de este nuevo contexto mundial.

 

Sin embargo, a medida que se extienden y crecen sus beneficios, las nuevas circunstancias ponen al desnudo, acrecientan o imponen con mayor fuerza otras crisis de la evolución, las que se tornan imperativas para sostener el desarrollo de la civilización.

 

Estas presiones no son nuevas para la Humanidad. En épocas anteriores las naciones no pudieron retrotraerse a los grandes beneficios y a los males que trajo el capitalismo so pena de quedar atrasado y sujeto en un plano inferior al resto de los países que asumían las nuevas reglas del desarrollo. Las injusticias que esto provocó forzaron enormes guerras y sufrimientos, pero también aceleraron los avances de las ciencias y la economía, redundando en un crecimiento global. Como prueba ineludible de este marcado progreso, la población mundial aumentó al doble de lo que tardó en crecer desde 1700 a 1850, y de 1850 a 1950 se duplicó, triplicándose desde esa fecha hasta el presente.

 

Sea cual sea la decisión que se tome el próximo agosto en los Estados Unidos, por las dimensiones de la economía americana y el volumen acumulado de la deuda pública, unos $14,000,000,000,000 millones, siempre  significará una sacudida para la economía y la marcha de los asuntos y presentes conflictos globales. No obstante, sólo una opción es capaz de crear las bases para la estabilización y crecimiento a mediano y largo plazo de la locomotora mundial. La apuesta válida es la que puja por la reducción del gobierno, el gradual traspaso de las responsabilidades del grueso de la Sociedad de Bienestar a manos de la sociedad privada y la asunción por parte del Estado de sus atributos y responsabilidades que le dieron origen, el de árbitro y regulador del bienestar de todos sus conciudadanos, abandonando el papel de propietario, juez y parte, en los asuntos de la economía y de la injerencia en los derechos de propiedad que de esto se deriva.

 

La disyuntiva está sobre el tapete. Al incrementar el gasto público, aumentar el tamaño del gobierno e introducir en circulación grandes masas de dinero, la Administración Obama no ha demostrado haber encontrado soluciones adecuadas a la presente crisis, sino que más bien la ha extendido. Quizás sea la hora de tomar una decisión radical y no seguir insistiendo en cargarle las espaldas y endeudando a las futuras generaciones de una nación repleta de libertades y tradiciones democráticas. Ese es un legado que la Humanidad no se merece.


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