domingo, 13 de febrero de 2011

La ola de modernidad que recorre el mundo árabe

Observatorio de Análisis Político, afiliado a la plataforma Consenso Cívico

 

por Darsi Ferrer

 

3 de febrero de 2011

 

La Habana, Cuba. Inesperadamente en todos los regímenes dictatoriales o seudodemocráticos del Magreb, del Medio Oriente y hasta en la Península Arábiga, lo que constituye una vasta región geopolítica que parecía inmune a los aires de libertad y democracia, ocurre en estos momentos un fenómeno telúrico, apasionadamente popular, extraordinariamente moderno y único en la Historia. Ni siquiera la asombrosa caída en efecto dominó de los países del otrora Campo Socialista se le asemeja en pasión popular y velocidad.

 

Esos acontecimientos que por estos días se presencian en el mundo árabe han convulsionado a la comunidad internacional, pero no hasta el punto de ignorar o desvirtuar sus extraordinarios medios y objetivos. El movimiento al unísono de grandes masas populares reclamando libertad y democracia desde Marruecos hasta el Yemen es consecuencia de la modernidad que traen consigo las redes sociales, los teléfonos celulares y la Internet , sin olvidar el apoyo que les resulta a todas esas naciones la comunicación en la misma lengua.

 

La tibieza y extremado escepticismo por parte de Occidente y Estados Unidos a la hora de apoyar abiertamente la naturaleza libertaria y moderna, completamente espontánea, de todos esos millones de ciudadanos árabes, por la preocupación del fantasma de un latente islamismo furibundo no ayuda en nada a consolidar una situación ya lanzada, y más bien contribuye a complicarla.

 

Principalmente Estados Unidos y la Unión Europea deberían abandonar los temores a los resultados de los valores occidentales que desde hace años fomentan por el mundo. Este acto de osadía popular es un vibrante efecto positivo de la globalización surgido de manera natural. No es una conjura de alguna siniestra agencia de inteligencia, ni un plan secreto de los ilumínate, ni siquiera una operación de Al Qaeda, los talibanes o alguna camada de viejos ayatolas.

 

¿Cómo no identificar en todas sus dimensiones este hecho único? No apoyar abiertamente o descalificar a priori las realidades que han movido estos cambios que desean millones de individuos lo único que demuestra es una penosa y desfasada mezcla de altanera incredulidad cultural, racismo ideológico y menosprecio intelectual ¿Por qué no concebir que los árabes africanos también pueden darle una sorpresa agradable al mundo? Y entiéndase bien, no se propone un intervencionismo extranjero en esas naciones, sino la capacidad de deslindarse por la soberanía popular claramente manifiesta y espontánea frente a la tozudez de un corrompido poder dictatorial.

 

La falta de una enérgica respuesta de Occidente es muy frustrante para las personas que ahora reclaman democracia y libertad, y representa una mala huella en la memoria para los que en un futuro también las reclamarán.

 

En caso de circunstancias similares en Cuba, ¿qué podría esperar la nación antillana?  ¿Una actitud de recelo ante la acción salida del mismo pueblo? ¿O se buscaría infructuosamente una segunda amenaza oculta y latente antes de pronunciarse por apoyar los justos reclamos democráticos de la nación cubana? Una respuesta de ese tipo podría describirse como “comprar pescado y cogerle miedo a la cabeza”.

 

Y es que el sólo hecho de que en Egipto se haya suspendido la señal de Internet y el servicio de teléfonos celulares, intentando acallar el mecanismo de comunicación y estímulo del pueblo movilizado contra la dictadura, que motivó como respuesta inmediata la capacidad de improvisación tecnológica de las masas amotinadas para saltarse esos obstáculos, son ya prueba fehaciente de la naturaleza profundamente moderna del alzamiento popular.

 

Y cabe preguntarse, ¿a qué vienen las vacilaciones de importantes naciones democráticas? ¿Por qué se cree que personas que son capaces de utilizar masivamente y con mucho ingenio las herramientas modernas de las comunicaciones, van a permitir luego que las sometan a la condición de víctimas pasivas y tolerantes de un movimiento sedicioso y oscurantista de los islámicos que puedan estar al acecho, y dejarse borrar como protagonistas de los actuales procesos?

 

Es conocido que organizaciones como la Hermandad Musulmana, extendidas por todo el Medio Oriente, tienen un programa anti moderno de gobierno y de organización de la sociedad, apostando por teocracias intolerantes para dirigir a los pueblos. El peligro que pueden representar esos extremistas se hizo valer hace más de veinte años en Argelia. De hecho, es bueno tener en cuenta que su tipo de programa para gobernar en absoluto no significa una realidad inamovible.

 

La pujante capacidad de trasmisión de valores occidentales de los medios masivos de comunicación modernos sorprendió a todos. Se han extendido firmemente por amplias capas de la población árabe y musulmana, los que con entusiasmo se identifican con sus propuestas de progreso, democracia y libertades. Es probable que con estas acciones libertarias una porción significativa de una amplia masa de ciudadanos árabes de poca cultura, víctimas preferidas del oscurantismo de los extremistas islámicos, se sientan amenazados en sus tradiciones y normas de vida. Pero no son fuerzas que tengan la capacidad de movilización y firmeza ante objetivos permanentes de desarrollo que son, a su pesar, necesarios para sacar a esos países de la precaria situación económica, social y política establecida por el inmovilismo instaurado por sus regímenes decadentes y represivos.

 

La presente administración Obama ya debía estar más que pasada del concepto rooseveliano referido a los dictadores aliados de EE.UU: “Es un H. P., pero es nuestro H. P.”  En tal sentido, no hay diferencia entre Trujillo o Mubarak. Con tristeza se recuerda la frustrante actitud pasiva y titubeante del gobierno estadounidense frente a los sucesos de rebeldía democrática ocurridos el pasado año en Irán, como resultado de las fraudulentas elecciones, hecho que debería haber dejado una lección conclusiva para la actividad e influencia exterior de ese gran país: la política  y la ética no marchan por distintos caminos.

 

Más lamentable aún es la miope reacción del gobierno israelí de apoyo a un tirano en caída como Hosni Mubarak, ignorando completamente los justos reclamos del pueblo egipcio. El premier Netanyahu se conduce por estrechos intereses geopolíticos mal encaminados, pese a todo lo justificado y oportuno que parezcan para los intereses de su nación. Esa decidida apuesta por Mubarak sólo puede calificarse de frustrante y nada coincidente con los valores democráticos que pretende defender para su propio pueblo. 

 

El lastre de las indecisiones provenientes de naciones democráticas claves en la arena internacional le han dado un aire extra a Hosni Mubarak para intentar resistir y no soltar el poder. Las tropas del ejército egipcio, hacen lo posible por dar la impresión de que son testigos imparciales y garantes del orden, pero lo cierto es que por estos días están permitiendo el desplazamiento por las carreteras que controlan y el acceso a las plazas tomadas por el pueblo egipcio a fuerzas paramilitares simpatizantes del dictador, armadas con objetos contundentes y presurosamente agrupadas en sitios distantes.

 

Varios choques sangrientos entre esas fuerzas represoras y los manifestantes que piden la renuncia del dictador se han producido ya en determinantes centros urbanos como Alejandría, Port Said y El Cairo. Con estas acciones organizadas por el régimen se hace evidente que la dictadura egipcia se dispone a vender cara su vida, perfilando una situación de guerra civil inminente. Occidente y los Estados Unidos en particular deben convencerse de que la dilación de los disturbios e inestabilidad en la nación egipcia, que hace rato debería estar resuelta con la salida de Mubarak del poder, es justamente secuela de la poca energía al reclamar esa solución con sus medios diplomáticos y de presión económica.

 

Permitirle a Mubarak permanecer más tiempo en la silla presidencial sólo traerá una situación caótica, muy peligrosa para la región debido al peso geopolítico de Egipto, justamente lo mismo que ahora pretenden evitar con su desafortunada prudencia.

 

En lo que a Cuba toca, los acontecimientos que se desarrollan en el mundo árabe demuestran otra lección muy importante que ha quedado en claro: los pueblos de esta Era de la Internet ya no toleran dinastías familiares que pretenden pasar el poder absoluto de padres a hijos, como si se tratara de un negocio familiar. Si los Castro continúan empeñados en ese tenebroso asunto, que contemplen como en Egipto y Yemen han quedado desguazadas intenciones parecidas.

 

Y no es difícil deducir que el impacto liberador de los incidentes del norte africano más tarde o más temprano se propagará por otras latitudes. El efecto tremendo que traerá la caída o amansamiento de los regímenes dictatoriales árabes producirá un fenómeno de sacudidas sociales a nivel mundial. Los pueblos oprimidos serán estimulados a aprovechar cualquier migaja de Internet, cualquier espacio de modernidad comunicacional que les caiga en las manos para movilizarse y quitarse de encima a cúpulas de aberrados abusadores que se creen inamovibles. Y ocurrirán inesperados derrumbes en sitios espantosos y oscuros como Corea del Norte, Myanmar o Cuba.

 

Es el signo de los tiempos de libertad que nos han traído los medios modernos de comunicación y las redes sociales que se van creando. A esta Isla del Caribe también le corresponderá pronto su hasta ahora negado pedacito de cielo.


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